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Mi parto en agua experimentado desde dos dimensiones

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Mi Parto lo experimenté desde dos dimensiones:

  • Desde la Dimensión Física, durante todo el proceso de la labor de parto, contundente y rotundamente en todo mi cuerpo teniendo como epicentro un útero listo y dispuesto a entregar una vida.
  • Desde la Dimensión Sutil, esa otra dimensión, la no física, aquella en la que se sitúan nuestras emociones y sentimientos, marcada por simbolismos y pletórica de significados.

Esta nota es la continuación de: ¿Cómo decidí tener un parto en agua?

Foto archivo

LA DIMENSIÓN FÍSICA: La Labor de Parto. 

Inicia como una suave llovizna,

Y culmina en una fuerte tempestad.

Para explicar las etapas de la labor de parto, utilizaré como referencia la descripción que hace de las mismas Ina May Gaskin en su libro ‘Ina May’s guide to childbirth’ (‘Guía para el parto de Ina May’), al que he hecho referencia anteriormente.

Así define Ina May las etapas de la labor de parto:

  • Primera etapa: aquella en la cual el cuello del útero se dilata.
  • Segunda etapa: una vez que el cuello del útero se ha dilatado completamente, una combinación de contracciones uterinas y la presión de los músculos abdominales empujan al bebé fuera del cuerpo de la madre. Esta fase dura hasta que nace el bebé.
  • Tercera etapa: la que va desde el nacimiento del bebé hasta la expulsión de la placenta.
  • Cuarta etapa: el posparto.

Te contaré como viví la primera, segunda y tercera etapa de la labor. El posparto merece ser contado en una nota aparte.

 

La Labor de Parto: Primera Etapa. 

Mi proceso de parto inició su primera etapa en un soleado sábado de enero a mis 41 semanas de embarazo.

Esa mañana al despertarme sentí unos cólicos leves, los identifiqué como contracciones, se lo comenté a mi esposo e ingenuamente ambos creímos que “ese” era el día, y seguramente en la noche tendríamos a nuestro bebé en brazos. No sucedió así. Ese sólo fue el tímido inicio de un proceso que culminó tres días después.

Durante esos tres días, cada día que pasaba, cada hora transcurrida, la evidente cercanía al momento culminante del parto se relacionaba directamente con el incremento en la intensidad de las contracciones.

El intervalo de tiempo entre cada contracción disminuía, el dolor se acrecentaba día a día y su intensidad se acentuaba durante la noche.

Esos días transcurrieron de forma similar. Durante el día realizaba mis labores cotidianas en casa. Recuerdo que hasta llegué a prepararme mis comidas. Lo hacía sentada, ya que al final de mi embarazo me cansaba estar de pie por mucho tiempo (como nos pasa a todas) por lo que usaba una silla alta para sentarme en la cocina. Así que mi día transcurría medianamente «normal» acompañada de las contracciones que cada día eran más intensas.

En las noches todo cambiaba. La naturaleza tiene esta increíble manera de marcar esa abismal diferencia entre los ciclos del día y de la noche.  Después de las 6 de la tarde, las contracciones aparecían con mayor intensidad, se me dificultaba dormir y realmente descansaba muy poco.

Durante esos días de contracciones en constante aumento tuve la oportunidad de probar varias maneras de sobrellevarlas: silenciosamente, no tan silenciosamente, estrujando fuertemente algo (las sábanas, las manos de mi esposo, ALGO). La verdad es que en esos momentos todo vale.

Lo que funcionó para mí fue adecuar el ritmo de mi respiración al ritmo de las contracciones. Es parecido a lo que sucede cuando entras a la playa y esperas a la ola para luego surfearla.  Sabes que se acerca la próxima contracción (la ola), te preparas con una inspiración profunda y luego cambias a respiraciones más cortas, es como si “navegaras” al compás del dolor. A veces vas por delante, a veces vas detrás y otras veces alcanzas el mismo ritmo.

Otra particularidad de esos momentos de contracciones es que no quería que nadie me tocara. Mientras experimentaba la contracción no soportaba el tacto de otra persona y tampoco deseaba que me hablaran. Creo que es el reflejo de la concentración y de la profunda conexión con nuestro interior que requerimos las madres durante esta experiencia.

En definitiva, me encontraba experimentando en toda su magnitud esa primera fase de la labor de parto: contracciones en aumento día a día, más intensas durante la noche, ensayando cómo sobrellevarlas, preguntándome cuánto tiempo duraría la labor… cuando llegó el lunes en la noche.

La Labor de Parto: Segunda Etapa. 

Finalmente, el lunes, a las 11 de la noche para ser más precisa, inició oficialmente la segunda fase de mi labor de parto. Todo lo vivido en los días previos no se comparaba con esta experiencia.

Lo vivido en la primera fase de la labor se convirtió en un ínfimo punto de un remoto y olvidado pasado comparado con la abrumadora, intensa y frenética labor de parto en su segunda fase.

Ese lunes en la noche empecé a sentir fuertes deseos de estar sentada y a sentirme muy inquieta. Hasta la bata que llevaba puesta empezó a incomodarme. Creo que en el momento que dije: “¡No soporto más esta bata!” y me la quité, allí inició verdaderamente mi labor de parto.

Es como si mi cuerpo hubiese dicho: “Bien, ya nos liberamos de todo lo superfluo, ahora sólo somos nosotros, tú y yo, y ese bebé, nos vamos a enfrentar a esto y vamos a salir victoriosos, te lo prometo, me has demostrado que tienes las agallas y la fortaleza para hacerlo así que continuemos…”.

Y desde ese momento en adelante, por supuesto, no hubo marcha atrás.

Las contracciones empezaron a incrementarse a una velocidad vertiginosa.  En el momento culminante de la noche, las contracciones duraban un minuto y medio con un minuto y medio de “descanso” entre ellas (realmente el descanso es un período de estar a la expectativa de cuándo va a iniciar la próxima contracción).

Casi 6 horas después de este ritmo frenético de contracciones, de las 11 de la noche a las 4 de la madrugada, de las cuales la primera mitad las sobrellevé sentada y la segunda mitad estuve de pie, tomada de las manos de mi esposo, sentí literalmente que mi cuerpo se abrió y en ese momento vimos el primer asomo de la cabeza de nuestro hijo. Había llegado el momento de entrar a la piscina, el nacimiento era inminente.

Generalmente, no se entra a la piscina tan temprano durante la labor porque esto puede ralentizarla. El agua tibia, como efectivamente comprobé, provoca un efecto de relajación y las contracciones se pausan por unos minutos.

Por ese motivo, cuando entré a la piscina me sentí muy relajada y aliviada por un corto período de tiempo hasta que las contracciones se activaron nuevamente.

Lo importante es que mi bebé se encontraba bien, realizando perfectamente su proceso de salida del útero materno hacia el mundo. Estuve una hora más en la piscina, experimentando las contracciones, mientras el bebé se acercaba cada vez más a su destino final.

Llegó el momento de darle el último empujón, llegó el momento de pujar. Salió la cabeza. Y luego, ese giro épico que realiza la criatura como punto final de su tránsito dentro de la frontera materna. Es el giro épico que marca el inicio de su nueva vida.

Sentí a mi hijo realizar el giro, fuerte, con buen tono muscular. Curiosamente, sentir ese movimiento me provocó reír.  Probablemente, esa risa es la expresión de la felicidad presagiando el final de una etapa y el inicio de la siguiente. En este punto, las contracciones habían desaparecido por completo.

Luego, la indecisión que precedía a la emoción del primer encuentro, el bebé estaba fuera, sumergido en la piscina.

Pasaron milésimas de segundos, lo tomé por los brazos y lo alcé, y allí estaba, su nariz ancha, sus cabellos oscuros, sus ojos cerrados… por primera vez veía el rostro de aquel que se convertiría en el amor de mi vida.

La Labor de Parto: Tercera Etapa

Luego de sacarlo de la piscina, lo coloqué inmediatamente sobre mi pecho. Él lloraba, yo lo veía extasiada. Ese era mi bebé. “Bienvenido, hijo” le susurré delicadamente.

Si las madres pudiésemos escribir y describir todos los pensamientos que pasan por nuestra mente en esos momentos.

Yo me sentía extasiada, en una nube, en la cima del mundo.  Me sentía capaz de todo.

Físicamente, recién había vivido la experiencia más exigente de mi vida y emocionalmente veía y sostenía en mis brazos a mi hijo, a mi pequeñito, a ese ser a quién tanto había esperado.

Estuvimos casi una hora en la piscina, él sobre mi pecho, esperando a iniciar el primer agarre para amamantar. Instintivamente, se fue acercando y empezamos a compartir nuestro primer aprendizaje juntos: el proceso de amamantar.

Casi 40 minutos después del nacimiento, se realizó el corte del cordón umbilical y posteriormente la expulsión de la placenta.

Todo resultó bien. Siempre estuve confiada en que así sería.

LA DIMENSIÓN SUTIL: Sentimientos y Emociones.

La experiencia de mi parto y el nacimiento de mi hijo me permitieron ser partícipe y testigo de la manifestación sagrada de la fuerza de la vida: impetuosa, incontenible, imparable.

Cuando estás dando a luz y todas las condiciones son las apropiadas, no es posible contener la manifestación de esa vida: es una explosión de energía pura, sin límites.

Mientras estás en labor de parto un torrente de emociones exudan a través de ti, tu útero se contrae de tal forma asemejándose a una ola que durante una tormenta golpea una y otra vez la costa. Hasta que la tormenta llega a su fin.

Nosotras durante el embarazo acogemos en nuestro cuerpo a esa alma la cual residirá en el cuerpo físico en formación de nuestro hijo, siendo nuestro útero el lugar donde se conjugan lo abstracto y lo concreto.

Cuando llega el momento del parto nos convertimos en la puerta de entrada a este mundo, a esta dimensión material y ocurre el nacimiento.

Las Mujeres Parimos.

El Niño Nace.

Durante el parto, literalmente, tu cuerpo se abre, se expande, se parte y emerge una vida: totalmente nueva, diferente, separada de ti, pero a la vez, esa vida es parte de ti, son dos personas reordenadas, y a partir de ese momento, además de experimentar la vida a través de tu propio ser, también la experimentarás a través de ese otro ser, al cual has dado paso y quién se ha abierto camino a través de tí para entrar a este mundo.

Es la gloriosa colaboración de dos almas,

Trabajando al unísono para lograr un propósito:

Iniciar una vida juntos, conocerse y reconocerse.

 

PARTO Y NACIMIENTO: LAS DOS CARAS DE UNA MISMA MONEDA. 

Foto archivo

El parto es ancestral, abrumadoramente intenso, es el dolor más allá del dolor, el dolor que no es dolor. Es difícil encontrar una palabra que lo describa en toda su magnitud.

El parto es la belleza cruda de la vida, sin adornos, sin aspavientos, sin miramientos superfluos, simplemente es.

El nacimiento es mágico, sublime, extraordinario, magnificente.

Cuando sientes los movimientos de tu bebé en su último esfuerzo por presentarse a este mundo, por iniciar su nueva vida, sabes que estás formando parte de algo más grande que tú, algo que sobrepasa tu existencia.

Todos los días soy testigo de esa manifestación vital observando a mi pequeñito crecer, aprender, experimentar, explorar: él es la vida en todo su esplendor.

Y esa noche fuimos tres 

Y esa noche fuimos tres, no estuve sola, estuve acompañada por los mejores compañeros.

El Padre, Apoyo y Fortaleza. 

Hago un inciso especial para mencionar y agradecer a la persona que me acompañó durante esas 6 horas de labor de parto: mi esposo.

Él fue el encargado de documentar fotográficamente los hechos (al principio porque después no hubo tiempo). Él observó aquello que yo no podía observar. Fue mi soporte cada vez que una contracción se apoderaba de mí.

El Protagonista Silencioso: Mi Pequeñito. 

Siempre nos enfocamos en la madre. Obviamente, somos la muestra visible de todo un proceso y evidentemente las protagonistas incuestionables de la labor de parto. Pero existe un protagonista silencioso: la criatura que está realizando su tránsito para ingresar a este mundo.

A mi hijo también le agradezco. Gracias hijo por tu excelente trabajo, gracias por decidirte a acompañarnos en este viaje, juntos recorreremos este camino de la vida.

Tú eres Vida,

Yo soy Amor.

Tú enséñame la Vida,

Yo te enseñaré el Amor.


 

Así finaliza esta historia.

Finaliza con un principio, con un inicio, con una nueva vida para tres: padre, madre e hijo.

Para mí, la experiencia de mi parto y del nacimiento de mi hijo ha sido una experiencia trascendental, transformadora, delirantemente dolorosa, abarcadora a todos los aspectos de mi ser, anclada a la expresión más pura de la vida, bella en toda su crudeza y cruda en toda su belleza.

Espero que de esta historia puedas extraer algo que te sirva de guía, de referencia o, simplemente, espero que la hayas disfrutado.

¡Gracias por leer!


¿Y tú, cómo experimentaste tu Parto y el Nacimiento de tu Hijo?

Me encantará conocer como viviste esos momentos, lo que sentiste, lo que experimentaste, cuáles son las palabras y las emociones con las que describirías ese acontecimiento de tu vida.

 

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